Para una gran parte del Peronismo hablar de la localidad bonaerense de José León Suárez es hablar de los fusilamientos del año ’56, un hecho político y criminal que unos pocos años más tarde Rodolfo Walsh denunciaría en su magnífica obra de no ficción “Operación Masacre”. Para los sectores que militan por la justicia social y el irrestricto cumplimiento de los derechos humanos, José León Suárez es la vulnerable localidad del partido de San Martín donde hace algo más de un mes la Bonaerense asesinó a dos chicos de dieciséis años por el descarrilamiento de un tren de cargas con supuestas intenciones de robo. Para la mayoría de la población, y de la mano del bombardeo mediático de la televisión basura, José León Suárez está asociado a una monumental montaña de basura de la que comen miles de personas, y a los robos, los secuestros, los asesinatos, y los pibes que se matan a trompadas a la salida de los boliches.
A partir del 14 de abril de 2011, José León Suárez quedará en la historia cívica nacional como la localidad conurbana en la que el Tribunal Oral y Federal Nro. 1 de San Martín condenó a cadena perpetua, y en cárcel común, al ex comisario Luis Abelardo Patti, y otros cuatro genocidas, entre ellos el ex Presidente de Facto, Reynaldo Bignone.
La sentencia se dictó dentro del Predio Municipal “Hugo del Carril”, celosamente custodiado por la policía Federal, la Bonaerense y el Servicio Penitenciario Federal. El Estado de Derecho funcionó a pleno durante todo el proceso –que arrancó en septiembre del año pasado- con todas las garantías, incluyendo la posibilidad de que los reos utilicen defensores oficiales y que puedan brindar su propio alegato ante el Tribunal: una reivindicación del terrorismo de Estado y ni una miserable palabra acerca del destino de los desaparecidos o los bebes que les robaron en cautiverio. El auditorio reventó su capacidad: seiscientas personas. Y afuera, con banderas, bombos, trompetas y estandartes, frente a un enorme escenario montado por la Municipalidad en el que se haría un acto y cerrarían los Auténticos Decadentes, esperaban otras seiscientas más.
Al mediodía fuimos a comer a un parrillón, sobre Márquez (o Rolón, o Camino de Cintura, según quien hable), una avenida de doble mano con galpones y negocios a la calle, que funcionaban como madereras, herrerías, centros de acopio de cartón y plástico, talleres mecánicos, viveros y casas de repuestos para autos y motos. La parrilla se llenó como nunca: militantes, sobrevivientes, funcionarios, y también los abogados querellantes y sus representados: los familiares de las víctimas por las que se estaba juzgando a los genocidas, entre ellas, los hermanos Goncalvez, quienes se conocieron en un recital de los
Pericos (uno es el bajista y el otro era un seguidor de la banda, después nieto recuperado). Fumando un cigarro en la puerta, charlé unos minutos con una alemana rubia como el trigo, estudiante, que estaba en nuestro país haciendo una tesis sobre “el dolor convertido en lucha” de las Madres, Abuelas, pero en especial, de la agrupación H.I.J.O.S. En la televisión, dentro del salón, TN cubría en directo un desalojo en la Villa 31 de la Capital Federal.
Patti fue, por muchos años, una insignia de la impunidad nacional. Fue su detestable figura la que le dio un espesor especial al juicio. Torturador y asesino durante la dictadura, paladín de la mano dura en democracia, denunciado por practicarle el submarino seco a los presos de su comisaría, participó de la recuperación del Regimiento de la Tablada, fue enviado por Menem para investigar la muerte de María Soledad en Catamarca, reinó como intendente en su ciudad, quiso ser gobernador, y fue diputado hasta que le quitaron los fueros en el 2005, por la testaruda resistencia de los organismos de derechos humanos y unos cuantos diputados con las pelotas -y las convicciones- bien puestas. Una vez preso, sufrió un supuesto ataque cerebrovascular, un disfraz con el que intenta victimizarse, un truco viejo y cagón. A las audiencias se presentó en camilla, con un cuello ortopédico, dando lástima, y apostado, quizás, a convertirse en el mártir que nunca será. Su esperada perpetua, entonces, hilvana y reivindica muchos años de trabajo a favor de la verdad y la justicia, no sólo con la historia, sino también, y en especial, con sus víctimas.
En la cola que hubo que hacer en la puerta del predio para acreditarse, un chico le dijo a su novia: “no entiendo qué tiene de groso la figura del eternauta, entre las burbujas”. Ella, entre risas, dio una respuesta sin sentido. A los pocos segundos, pedí permiso, y le hablé de la historieta, y la idea de que el único héroe es el colectivo, que la salida nunca es individual. Y cerré con algo así: “por eso, hoy resignificado, Néstor Kirchner nos mira desde atrás de la antiparra, en todas esas remeras”. La madre del chico, a un costado, sonrió, y relojeando mi anotador, me preguntó de qué medio era. Le conté. Me convidaron mate. Charlamos. Al rato, y con cierto temor residual, la mujer me contó su historia: encargada de mantenimiento del cementerio de Escobar en 1996, se topó con restos de NN. Fue a ver al intendente, Patti. Mala idea. Le dijo que se olvidase de lo que había visto. “No podía hacerme la boluda”, me dijo. El intendente la despidió. Ella hizo la denuncia, y un juez federal ordenó una exhumación. El cementerio estuvo cerrado un año. Encontraron cien cuerpos. El primero que identificó el Equipo de Antropología Forense fue el del padre de los hermanos Goncalvez. Durante todo ese tiempo ella recibió amenazas, y se tuvo que ir del barrio, con sus dos hijos. “Me cambió la vida”. Lleva puesta, ahora, una remera por el juicio y castigo. Su hijo también. A finales del año pasado ella declaró en el juicio que ahora estaba por terminar.
Las condenas perpetuas se festejaron a los gritos, abrazos y lágrimas en los ojos. Los jueces, por protocolo, piden silencio en la sala, pero saben, a
esta altura, que la expresión colectiva de júbilo, es inevitable, porque nuestra historia política es trágica, pero a la vez fascinante, porque la resistencia se convirtió en lucha, y después en victoria. Una historia compleja, por momentos imposible de transmitir a una estudiante alemana que fuma un cigarrillo detrás de otro, y nos mira con ojos extraviados.
A los muertos no los devuelve nadie, pero la Justicia sana, aunque sea un poco, el dolor. Por eso, el acto de cierre, estuvo a cargo de los Deca, fiesteros de la primera hora argenta, quienes no dudaron en acompañar cuando la monada, abajo del escenario, entonó: “Miren, miren que locura/ miren, miren qué emoción/ Luis Abelardo Patti se pasea en tanga por el pabellón”.




















Águilas Humanas
Andrés Calamaro
Aqcuaforte – Fede Vázquez
Miguel Rep
Sardinas en el desierto
Me gustó mucho la nota y me hizo lagrimear la historia de la mujer del cementerio, cuantas habrá como esas que no conocemos…cuantos héroes anónimos tenemos, que suerte!!!
Patricia:
Así se gestan los cambios: con la contribución de muchos héroes anónimos, que son los que construyen el héroe colectivo. Justamente por eso el Eternauta, con sus antiparras y su traje protector improvisado nos emociona, porque es el símbolo del héroe en grupo, el que hace el pequeño aporte imprescindible para que construyamos una tierra mejor.
La señora que no se hizo la boluda, los del equipo de antropología forense, los fiscales, los organismos de DDHH, los diputados de grandes convicciones, todos son necesarios a la hora de perseguir a estos animales.
Ese es nuestro estilo, diferencia de los americanos del norte, cuyos héroes son Batman y Robin, un par de simpáticos enmascarados que integran una célula parapolicial, una especie de Grupo de Tareas con vistosos uniformes. Su correlato político, la operación por la cual asesinaron a Bin Laden y tiraron su cadáver al mar es una copia tecnológicamente más moderna del Tigre Acosta y sus secuaces, aunque su principio de funcionamiento sea el mismo. La única diferencia es que los yanquis no conocen el uso del pentonaval.