Tiempo Argentino
Mientras el gobierno de la Ciudad negocia con el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA) para que no abandone la ex sede del Patronato de la Infancia (Padelai), más de sesenta familias cumplen hoy dos meses de la toma del histórico predio ubicado en San Telmo. Los ocupantes vivieron en ese lugar durante 20 años hasta que los desalojaron en 2003, y reclaman que un 70% de la propiedad les pertenece por una escritura firmada en 1991 con el entonces intendente de la Ciudad, Carlos Grosso. En estos 60 días aún no ha aparecido el Instituto de la Vivienda (IVC) y, hasta el momento, desde el Ejecutivo porteño sólo ha entrado en acción el Ministerio de Cultura para no cortar la relación con el organismo español, que funciona en el predio desde 2009, bajo un contrato de cesión por 30 años sin costo. Actualmente, los ibéricos aducen que un recorte de gastos del gobierno de Mariano Rajoy y la ocupación de los terrenos no les permiten continuar con el proyecto.
Una clave de todo el conflicto parece resumirse en el artículo 8 de la Ley 3024 de Expropiación, promulgada en marzo de 2009: “El Poder Ejecutivo deberá brindar una solución habitacional estable a quienes hayan sido alcanzados por el desalojo”, en un plazo de 12 meses. Tres años después, las mismas personas regresaron al predio. Todas las familias pertenecen a la Cooperativa de Vivienda, Crédito y Consumo San Telmo Ltda., que crearon en 1989, estando ya dentro. “En 1991 nos dieron el 70% a cambio de hacer un reciclaje de 5400 m² para un equipamiento comunitario con 118 viviendas, además de locales comerciales y anfiteatro”, expresó Carlos “Tito” Vargas, titular de la Cooperativa. “Pero Ciudad nunca cumplió, no destinó dinero y los arquitectos trabajaron seis meses y nunca más.”
EL INGRESO. El complejo de estilo neoclásico, construido por el arquitecto italiano Juan Antonio Buschiazzo en 1895 para albergue de niños huérfanos o sin familia, en el corazón del Casco Histórico, quedó deshabitado en 1978. Seis años después fue ocupado por familias sin techo del barrio, hasta 2003.
Durante 261 días, 62 de esas familias, compuestas por 120 adultos y 58 niños, acamparon en la vereda, hasta que el pasado domingo 6 de mayo a las 16:30, decidieron ingresar, sin forzar nada. Los propios guardias de seguridad les abrieron la puerta. Tampoco se les hizo ninguna denuncia penal.
Ellos aseguran haberse reunido con el director del Centro, Ramón Jarne, quien les habría dicho que ingresaran “tranquilos”. El funcionario español lo negó rotundamente, pero para los ocupantes hay algo más: “Desocuparon todo el lugar para que entremos. El de seguridad dijo que tenía orden del director de darnos todas las llaves, y no hacer violencia. Querían una excusa para irse”, describió Vargas. Y agregaron que el libro de actas refleja un llamado de Jarne ese día a las 16:35, pidiendo que se los deje entrar, bajo la firma del guardia de seguridad.
El ex Padelai se compone de dos edificios, separados por un alambrado, como una cárcel. En el principal, con entrada por calle Balcarce 1150, es donde viven las familias. La mayoría lo hace en la planta baja, el único sector que cuenta con servicio eléctrico. Los ocho baños que supieron existir en cada uno de los tres pisos (incluyendo el subsuelo) hoy parecen una fotografía del olvido. La cooperativa acondicionó cuatro y les agregaron duchas eléctricas que son utilizadas por 200 personas.
VACIADO. Si uno transita por calle Balcarce, los grandes carteles de lona con imágenes, y la pared blanca relativamente pintada hacen creer que el lugar se encuentra mínimamente habitable. Pero una vez adentro, el panorama cambia completamente, como si uno ingresara en el Alicia en el País del Abandono. Otros chicos se dejan llevar por las luces de los patrulleros de la Metropolitana, en la esquina. Custodian el ingreso de personas, sólo pueden entrar los que estén en un listado realizado hace un mes y medio, cuando se les escapó un detalle: hubo chicos en la escuela y adultos trabajando que no estuvieron presentes en ese momento. Hoy, salvo que les toque un “policía bueno”, no los dejan pasar.
Como una escena fellinesca, gigantografías en cartón de actores y actrices españoles clásicos, Enrique Álvarez Diosdado y Delia Garcés, sirven de percheros en las “habitaciones”. Es una de las pocas huellas que da muestra de que alguna vez existió allí un centro cultural ibérico en el que se iban a invertir más de 6 millones de euros, aunque el Ejecutivo porteño nunca reclamó plan de obras ni monto de la inversión.
Las puertas, ventanas y los pisos de parquet y pinotea desaparecieron, bolsas de residuos con pedazos de membrana, baños tapados (la mayoría con la silueta en la pared de inodoros y piletas que supieron existir), columnas rotas, techos con agujeros, paredes teñidas de moho, o una escalera que supo ser de mármol y que hoy es un espacio vacío con una puerta de madera encima que cumple la función de los escalones.
“Se lo robaron todo, no sabemos cuándo. Queremos salvar nuestro lugar del deterioro y el abandono intencional que hicieron seguramente con fines inmobiliarios, con la complicidad del gobierno de la Ciudad”, sostuvo Manuel Aguilar, también de la cooperativa.
OLVIDO. Algo sucedió en este tiempo. En 2003, Aníbal Ibarra ordenó el desalojo de las 108 familias por “inminente peligro de derrumbe”, que luego fue refutado por estudios técnicos.
“La expropiación se cayó en marzo, porque los españoles tenían tres años para hacer el reciclaje, y como ven ustedes acá lo único que hicieron fue la instalación eléctrica en el primer piso”, enfatizó Vargas. La semana pasada tuvieron una audiencia en la fiscalía con el abogado de la Procuración porteña. De España no asistió nadie. Ciudad les ofreció subsidios de 2000 pesos por seis meses, que fue rechazado. Vargas aclaró: “No somos usurpadores, somos propietarios por una ordenanza vigente. Estamos dispuestos a irnos y restituir la propiedad a una organización social del barrio para recuperarlo como patrimonio. Pero que haya diálogo serio. Sólo queremos llegar a una solución definitiva al tema.”
“Si vinimos acá es porque necesitamos la casa de verdad”, remarca Noemí Justiniano. Al igual que el resto, vivió en el ex Padelai hasta 2003, cuando ocurrió el violento desalojo que dejó el saldo de 16 heridos y 52 detenidos. Hasta hace unas semanas alquilaba una pieza en el Conurbano por 1800 pesos, donde vivía junto a su esposo y sus siete hijos. El temporal del 4 de abril les voló el techo.
Supo ser la casa de ellos durante más de 20 años, allí nacieron y se criaron nuevas generaciones, hoy es la crónica de la destrucción. El ex Padelai, cuna de chicos sin padres, se transformó él mismo en un edificio huérfano, sin un futuro cierto. <





















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